El Abogado Litigante, el Perú y el COVID

AUTOR: ROBERTO NORIEGA MONTENEGRO

 

Esta vez me tomo la libertad de compartir un poco de la experiencia del abogado litigante en su quehacer diario, el mismo que en tiempos de coronavirus ha quedado “suspendido”.

Claro está, que quienes nos dedicamos a la defensa técnica de personas naturales y jurídicas, ya sea a título personal o como miembros de un Estudio o Boutique legal, no desplegamos nuestra labor solo en la ciudad en la que radicamos, pues muchas veces debemos trasladarnos hasta el lugar del incidente o suceso que da origen a la controversia en la que vamos a participar, asumiendo la defensa de una de las partes involucradas en la misma.


Hemos tenido la oportunidad de realizar viajes impensados, a lugares que no sabíamos que existían y conociendo realidades impresionantes. ¡Una cosa es que te la cuenten, otra distinta es ser partícipe de la situación! Comentaré un par de recuerdos inolvidables.

Años atrás, fui convocado para intervenir en la defensa de una compañía que había sufrido el asalto de sus instalaciones y pérdida de posesión de las mismas, dicha empresa opera en la selva de nuestro país, por lo que había que trasladarse hasta el lugar de los hechos;  tomé conocimiento de la existencia de un Juzgado Mixto, el cual resultaba ser el competente para conocer la investigación, puesto que los hechos habían ocurrido dentro de su jurisdicción. Procedí entonces a programar el viaje, el cual implicaba, tomar un avión desde Lima a Tarapoto, luego un pequeño viaje de tres horas por tierra hasta Yurimaguas, para luego viajar en avioneta por una hora y llegar a nuestro destino final.

A punto de aterrizar en la localidad de destino, miraba por la pequeña ventanilla de la avioneta y no alcanzaba a ver el aeropuerto, cuando de pronto, Carlos –piloto de la avioneta quien siempre usaba una llamativa camisa floreada – aviso que procedíamos a aterrizar, grande fue mi sorpresa cuando aterrizamos en medio de la selva, una pista de aterrizaje improvisada –dicen los lugareños que la viabilizaron personas dedicadas a alguna actividad ilícita- pero que resultaba útil para quienes teníamos la posibilidad de trasladarnos vía aérea (el vuelo duraba una hora, el viaje por río duraba tres días).

El día de mi llegada había llovido mucho, por lo que la mototaxi que me llevaba a la plaza de la localidad tardó más de lo esperado (bajamos ambos, conductor de la moto y pasajero a desenterrar el vehículo en tres oportunidades, pues el barro nos jugaba una mala pasada). Ya en la plaza, consulté donde quedaba el Juzgado y me apersoné de inmediato a consultar por mi caso. Culminada mi entrevista con el Magistrado y mi lectura de expediente, (en esa oportunidad 8 tomos), fui a comprar mi pasaje de retorno (no se podía comprar ida y vuelta), dándome con la sorpresa que era el único pasajero para ese día, por lo que debía esperar a que los otros 5 cupos disponibles de la avioneta fueran comprados. Menos mal, al día siguiente 4 personas viajarían, lo cual era suficiente para proceder con el viaje de retorno.

En otra oportunidad, debí programar un viaje para atender legalmente un accidente ocurrido en las instalaciones de una compañía dedicada a la generación de energía eléctrica, en esta oportunidad viajaba con un ejecutivo de la compañía (cliente), quien se encargó de todo el itinerario, el mismo que tenía como punto de partida un vuelo de Lima a la siempre encantadora Arequipa, y luego por tierra un viaje de 12 horas, hasta llegar a una localidad a cinco mil metros de altura y 10 grados bajo cero en la noche (llegamos al promediar las 9 de la noche), nos alojamos un pequeño hostal, donde nos proporcionaron desde sábanas de polar, hasta bolsas con agua caliente a fin de “combatir” el terrible frío que hacía.   Al día siguiente, fuimos a la Fiscalía para conocer el estado de la investigación, y ponernos a disposición para proporcionar la documentación e información que pudiera ser requerida. Programando el mismo día nuestro retorno hacia Arequipa.

En ambas experiencias y ahora recuerdos, conocimos una realidad ajena a la vivida en Lima o en cualquier ciudad capital de Departamento, esto es, localidades muy pobres, que a pesar de que pertenecen a zonas beneficiadas por la explotación de sus recursos naturales, siguen viviendo en situación precaria. El Juzgado y el Ministerio Público, quizás tenían la mejor infraestructura local, pese a ello no pasaban de ser un par de habitaciones en las que hacían maravillas para poder contar con lo necesario para realizar sus labores. En el primer caso, solo hay luz electica en todo el pueblo tres horas al día, por lo que se debe usar un grupo electrógeno para poder trabajar; en el segundo caso debían compartir calentadores eléctricos para hacer frente al frío inclemente.

Esa es la realidad de nuestro país, esa es la realidad en la que el abogado litigante se ve inmerso, cuando asume un desenvolvimiento profesional itinerante, realidad que suma no solo en el desarrollo profesional, sino además en el crecimiento como ser humano, pues aprendes de personas que con menos recursos logísticos, realizan una labor loable, como magistrados, fiscales, secretarios, asistentes, etc., que laboran en dichas zonas.

Ante esta realidad -compuesta por un nada sencillo traslado, climas severos, y mucha pobreza- es imposible no preguntarse,  ¿Las personas que viven en estas localidades y los foráneos que allí  trabajan, se encuentran en el radar de los resultados de contagio y exposición al Covid -19? Espero que me ayuden a dar respuesta a la interrogante.

Consecuentemente debemos tener claro que el Perú no es solo Lima y las capitales de departamentos, es mucho más, es por ello que debemos cuidarnos para cuidar a quienes más lo necesitan, pues imaginen que pasaría si los miembros de una localidad como la de los ejemplos se contagia, ¿Quién los auxiliará?, si la ayuda en las ciudades “grandes” ya colapsó.